lunes, marzo 20, 2006

Nos tenemos que engañar, para poder seguir viviendoo

El tiempo juega en contra nuestra. Cuanto más nos resistamos a morir, el cerebro se seguirá deteriorando y cada vez menos capacidad de razón y voluntad tendremos. Es lo más probable llegar a un punto de no retorno, a un grado de incapacidad, en el que nos agarraremos irracionalmente a un subsistir indigno hasta los grados más altos de deterioro humano.

Pero es dificil ver algo tan evidente. Nos engañamos continuamente, el cerebro está preparado para ello, la supervivencia de la especie no puede pararse a reflexionar sobre sí misma objetivamente para no correr el riesgo de que se la juzgue con severidad y el resultado sea tan negativo que interrumpa el proceso. Necesitamos mecanismos de defensa muy eficaces para mantener la ilusión de que la vida siempre merece la pena vivirse. Los psicoanalistas conocen bien el tema.

Si alguna extraodinaria circunstancia nos permitiera ver con suficiente distanciamiento y objetividad nuestro pasado, y no digamos nuestro futuro, no tendríamos de él una valoración positiva; es bien posible que incluso lo encontremos detestable.

Siempre encontraremos excusas para seguir aguantando una mala vida, incluso cuando se sufre de la peor manera, pero realmente muy pocas y por poco tiempo tienen consistencia y no son más que mero miedo a la muerte. Tendemos a magnificar los buenos momentos -escasos- y olvidar los malos -abundantes-, reparar con los sueños las frustraciones a menudo de modo inconfesable y engañarnos continuamente.

Estamos tan hechos a tener esperanzas que cuando las perdemos todas buscamos
refugio en la última, en la que enfunda a todas cuando fracasan: si totalmente desesperanzados y sufriendo no tuviéramos la esperanza de un final próximo enloqueceríamos.

En este estado desvalido, los amores o cariños que solo crean fuertes interdependencias estériles no hacen más que prolongar el conflicto; cuando toda la vida de uno es toda la vida del otro, se está creando una relación cerrada imposible que solo la muerte de ambos daría sentido.

Pasar un día tras otro de malestares, impotencias, frustraciones, dificultades materiales, incomunicación, bien consciente, sin olvidar, sin la perspectiva de que lo puedes evitar cuando lo desees, es una tortura; perderás el sueño y será imposible la paz; la vida se reducirá a un sufrimiento psíquico constante.
Solo hay serenidad cuando tenemos la certeza de podemos ponerlo fin en el momento que queramos.

¿quien quiere malengañar su penosa existencia terminal con fármacos, si tiene alguna opción a eutanasiarse?