domingo, marzo 05, 2006

Las buenas intenciones y la realidad

Las buenas intenciones sin soluciones reales se pervierten y acaban haciendo aún más daño.

Si espero para acabar con este abyecto estado a lo que los bien pensantes que creen entenderme entienden por 'estar mal' -es decir, a estar ahogándome desoxigenado por mucosidades y con la toalla rodeando toda la cabeza, menos ojos nariz y boca, para recoger la copiosa sudoración fría que manifiesta un dolor interno- por entonces no tendría capacidad racional suficiente para organizar como es debido la complicada y delicada operación que por ahora supone la eutanasia asistida.

Esa caida irreversible en una fase terminal puede ocurrir ya en cualquier momento y si el tiempo que me queda para ello es de malestar psicológico y nula creatividad ¿Para qué esperar? ¿Para que resistir y arriesgarse a quedar encamado sin posibilidad actuar y a ir cayendo sin remedio en la idiotez?

Cuando los seres queridos nos llenan de ilusiones, en los momentos de remisión de los síntomas que por indisimulable daño nos mantienen con la conciencia lúcida sobre el alcance de nuestra desgracia, es dificil rechazarlas sin caer en la tentación de dejarse mecer en ellas aunque sea por unos momento, una noche, o al menos hasta que vuelvan a reaparecer las molestias intolerables.
Si así fuera, a su regreso recuperamos la lucidez y es cuando mejor podemos darnos cuenta de las limitaciones en que hemos quedado atrapados; limitaciones nuestras, del entorno y de la sociedad.

Llegados a un grado de sufrimiento irreversible, las buenas intenciones deben de dejar de estimularnos para resistir y volverse hacia la colaboración en que el tránsito se pueda realizar de la mejor manera posible.