domingo, febrero 05, 2006

Infecciones perspectivas principios

Vuelve la broncorrea y una infección de orina. Tal vez, como en las anteriores ocasiones, una semana con antibióticos baste para que se acaben las molestias, que apenas si dejan trabajar con suficiente capacidad como para escribir una sencilla carta.
Pero ya para qué poner ninguna ilusión en la recuperación si con ella solo llegará, en el mejor de los casos, la lija de una cotidianeidad frustrante, sin otras posibilidades, y la espera de otra inevitable, próxima y peor recaida ...entre otras complicaciones.

Tiene triste gracia comprobar en uno mismo que el aparente movimiento uniforme de un sistema complejo lo es en función de contradicciones internas: unas partes avanzan porque otras retroceden. Pero mientras que, en sus etapas iniciales el avance parece generalizado, su fin 'natural', sin accidentes ni imprevistos letales, viene determinado por una claudicación en todos los frentes.

Mientras mi estado general empeora, la repentina ausencia de mocos me permite despertar descansado y trabajar con el ordenador sin excesivo esfuerzo.

Pero a los tres días de escribir esto, el retroceso se vuelve general y tengo que escribir:
Tras una semana tratando esa infección ordinaria con un antibiótico de amplio espectro, en el cuerpo apenas sin defensas rebrota el peligroso 'estafilococo aureus' hospitalario resistente a todo, recuerdo de Toledo, aunque parece que inevitable cuando se tiene sonda vesical permanente.
Llevaba casi un año escondido, 'acantonado', esperando un momento de debilidad inmunológica para volver a expandirse; un potente antibiótico, lo más específico que hay por ahora y que me tiene a mínimos mentales, puede que lo vuelva a replegar pero sólo hasta otra bajada de defensas. Las etapas de infecciones se irán aproximando hasta ser contínuas; las consecuencias: un estado físico y mental deplorable hasta entrar en una recta final con un grado de deterioro en el que no veo posible el uso de la razón. ¿Qué queda entonces de lo humano, de lo que nos hace racionales?

Para quien tenga sentido morir tras una larga y dolorosa agonía, imitando el calvario de Cristo, p. e., que lo haga así, nadie se lo va a impedir, libre es; pero a quien no lo desee y prefiera adelantar el final sin sufrir, nadie tiene derecho a castigarlo, ni a él ni a quien le ayude si está impedido.
Que el Estado se otorgue la propiedad de nuestra muerte, no tiene ya justificación; pero si lo hace una ideología y no digamos una religión, qué arrogancia más abominable.

Creía, por un neumólogo, que nuestra esperanza de vida, unos diez años, estaba ligada a complicaciones pulmonares; me llega ahora una encuesta, supuestamente con la mejor información, achacando al aparato urinario a partir de las infecciones la primera causa de muerte. Lo que ya es unánimamente reconocido es que una infección continuada es causa segura de cáncer. ¿Quien ganará la carrera, un ahogo o la septicemia? Personalmente, prefiero evitar que mi cuerpo sea el escenario de tan morbosa disputa porque aparte de lo indecoroso también me impedirían el debido uso de la razón ... y eso ya es más serio.

Dejar la vida por voluntad propia, más incluso que el arte, es lo que diferencia al ser humano del resto de los seres. La capacidad para juzgar nuestra propia existencia y ponerle fin si consideramos que no responde a lo que esperamos de ella -por nosotros mismos, por lo que nos llega de la vida o por ambas a la vez- es la capacidad más íntima, racional, 'éticamente superior' -si se me permite decirlo con mil reparos, pero no habiendo nada mejor en nuestro limitado lenguaje- que tenemos. Superar los poderosos instintos de vida, no por ser víctimas de las pulsiones de muerte, sino por la fuerza del análisis de unos hechos y circunstancias que se consideran impropias, rechazables e irresolubles, es el acto más humano que podemos realizar.