miércoles, febrero 22, 2006

Cómo somos

El que está sano ve como horrible perder un dedo meñique del pie, puede que incluso una pequeña cicatriz en cualquier sitio le hunda la autoestima.
El tetrapléjico que no mueve en absoluto las manos, estaría encantado con mover un dedo.
El que mueve un dedo, con mover dos.
El que mueve dos, con mover la mano.
El que mueve la mano, con mover el brazo.
Etc, etc, etc, hasta llegar al sano que no duerme porque le van a cortar el meñique del pie izquierdo.
Tantos grados de lesión para ser siempre el mismo ... inutil.

Sin embargo, las leyes hacen que esa pequeña diferencia entre mover o no mover un brazo supongan que pueda salir de esta estupidez por mí mismo, que tenga que poner en peligro de carcel a quien me haga de brazo o que acabe en una residencia esperando una cacotanasia. Qué ...

martes, febrero 14, 2006

Hacer de la necesidad virtud.

(Pensamiento barroco, buen conocedor de la capacidad de transformación de todo en algo equivalente a su contrario. Al cuerno con las rigideces metafísicas)

Sale el tema del optimismo, de que 'estoy muy bien', ¡¡¡!!!, de las posibilidades de hacer de la necesidad virtud; alguien incluso me da un 50% de posibilidades diarias de que todo salga bien.
Solo falta que me digan eso de que no hay mal que por bien no venga ...

Hacer de la necesidad virtud, sacar ventaja de la desventaja, de la desgracia beneficio, ¡qué mecanismos tan desarrollados en los humanos !. Nuestro 'éxito' evolutivo se basa en ello. ¡ De qué íbamos a evolucionar como lo hemos hecho superando incontables adversidades, hasta ocupar como una plaga casi todo el planeta, sin esas habilidades!. Pero no demos a nuestra extraodinaria capacidad de adaptación valores superiores a los que estrictamente le corresponden y mucho menos éticos.

Entonces me cuentan la historieta de un psicólogo americano que siempre que se cruzaba con un negro le encontraba sonriente y optimista, y como le preguntara cómo lo conseguía, el negro le contestó que "había aprendido a colaborar con lo inevitable”.

En la Europa católica, aceptar lo inevitable se llamaba 'resignación cristiana', la vida es un valle de lágrimas pero efímero y posible preámbulo para la felicidad eterna del paraiso; eso te daba derecho a poder mostrar tristeza y abandono, hacerlo era incluso edificante; aún se dice entre sus restos con la boca pequeña, porque hoy ni ellos quieren resignarse. Era muy conveniente para los poderes religiosos pero no tanto para los políticos y menos para los económicos: el resignado que solo espera a la muerte no es util, no es competitivo y no consume; magros beneficios con ellos; para el desarrollo es necesario gente optimista que quiera prosperar, y cuanto más y sin importarla cómo, mejor.

(En una cultura epidérmica de inmediatez, consumo e imagen, rechazamos con repugnancia tan solo la proximidad del dolor, la pobreza o la simple fealdad, como si pudiera contagiarnos; no nos es grato cualquier trato sin una sonrisa jovial, buena piel, buena carne y buen peinado; evitamos incluso a quien solo muestra suave tristeza o melancolía, ahora llamada depresión, cajón de sastre donde se mete cualquier conducta que no sea 'positiva').

Volvamos a ese psicólogo y su negro. ¿A qué se refiere con lo de inevitable? ¿Qué es legítimo sobreentender en esa escena? Desde luego sería improbable que se pregunte eso a un negro de aspecto saludable y adinerado. Habrá que pensar más bien en alguien que deberíamos suponer desgraciado; parece consecuencia de la sorpresa de quien no espera que otro llevando una vida jodida muestre contento ¿un esclavo tal vez?

En lo humano, esta estrategia puede tener sentido y valor tomada como algo provisional y transitorio, cuando se está seguro de que llegarán lo que se consideran tiempos mejores o consigue mantener un estado de suficiente dignidad.
Pero si hacemos de la necesidad virtud un principio incondicional, olvidando sus limitaciones, acabaríamos dando por excelentes conductas de mera subsistencia e incluso aceptando cualquier aberración impropia de una persona íntegra.

No se le puede decir al esclavo no solo que acepte sus cadenas, si no que además haga con ellas una comba con la que saltar y jugar, alegre y optimista.
No puedo hacer virtud alguna de esta impotencia casi terminal, aunque paradójicamente sea morir por propia voluntad la gran 'virtud' que se pueda derivar de mis necesidades.

domingo, febrero 05, 2006

Infecciones perspectivas principios

Vuelve la broncorrea y una infección de orina. Tal vez, como en las anteriores ocasiones, una semana con antibióticos baste para que se acaben las molestias, que apenas si dejan trabajar con suficiente capacidad como para escribir una sencilla carta.
Pero ya para qué poner ninguna ilusión en la recuperación si con ella solo llegará, en el mejor de los casos, la lija de una cotidianeidad frustrante, sin otras posibilidades, y la espera de otra inevitable, próxima y peor recaida ...entre otras complicaciones.

Tiene triste gracia comprobar en uno mismo que el aparente movimiento uniforme de un sistema complejo lo es en función de contradicciones internas: unas partes avanzan porque otras retroceden. Pero mientras que, en sus etapas iniciales el avance parece generalizado, su fin 'natural', sin accidentes ni imprevistos letales, viene determinado por una claudicación en todos los frentes.

Mientras mi estado general empeora, la repentina ausencia de mocos me permite despertar descansado y trabajar con el ordenador sin excesivo esfuerzo.

Pero a los tres días de escribir esto, el retroceso se vuelve general y tengo que escribir:
Tras una semana tratando esa infección ordinaria con un antibiótico de amplio espectro, en el cuerpo apenas sin defensas rebrota el peligroso 'estafilococo aureus' hospitalario resistente a todo, recuerdo de Toledo, aunque parece que inevitable cuando se tiene sonda vesical permanente.
Llevaba casi un año escondido, 'acantonado', esperando un momento de debilidad inmunológica para volver a expandirse; un potente antibiótico, lo más específico que hay por ahora y que me tiene a mínimos mentales, puede que lo vuelva a replegar pero sólo hasta otra bajada de defensas. Las etapas de infecciones se irán aproximando hasta ser contínuas; las consecuencias: un estado físico y mental deplorable hasta entrar en una recta final con un grado de deterioro en el que no veo posible el uso de la razón. ¿Qué queda entonces de lo humano, de lo que nos hace racionales?

Para quien tenga sentido morir tras una larga y dolorosa agonía, imitando el calvario de Cristo, p. e., que lo haga así, nadie se lo va a impedir, libre es; pero a quien no lo desee y prefiera adelantar el final sin sufrir, nadie tiene derecho a castigarlo, ni a él ni a quien le ayude si está impedido.
Que el Estado se otorgue la propiedad de nuestra muerte, no tiene ya justificación; pero si lo hace una ideología y no digamos una religión, qué arrogancia más abominable.

Creía, por un neumólogo, que nuestra esperanza de vida, unos diez años, estaba ligada a complicaciones pulmonares; me llega ahora una encuesta, supuestamente con la mejor información, achacando al aparato urinario a partir de las infecciones la primera causa de muerte. Lo que ya es unánimamente reconocido es que una infección continuada es causa segura de cáncer. ¿Quien ganará la carrera, un ahogo o la septicemia? Personalmente, prefiero evitar que mi cuerpo sea el escenario de tan morbosa disputa porque aparte de lo indecoroso también me impedirían el debido uso de la razón ... y eso ya es más serio.

Dejar la vida por voluntad propia, más incluso que el arte, es lo que diferencia al ser humano del resto de los seres. La capacidad para juzgar nuestra propia existencia y ponerle fin si consideramos que no responde a lo que esperamos de ella -por nosotros mismos, por lo que nos llega de la vida o por ambas a la vez- es la capacidad más íntima, racional, 'éticamente superior' -si se me permite decirlo con mil reparos, pero no habiendo nada mejor en nuestro limitado lenguaje- que tenemos. Superar los poderosos instintos de vida, no por ser víctimas de las pulsiones de muerte, sino por la fuerza del análisis de unos hechos y circunstancias que se consideran impropias, rechazables e irresolubles, es el acto más humano que podemos realizar.