lunes, enero 09, 2006

Tenía que ocurrir.

Se soltó la conexión del tubo del respirador a la cánula durante diez minutos, sonando una muy poco estruendosa alarma de seguridad que nadie llegó a oír.

Cuando vinieron a recolocármelo estaba ya agotado por respirar tirando de los músculos del cuello y empezaba a dejar de oxigenar debidamente el cerebro.
Pero aparenté que no había tenido ninguna importancia.
Podría haber aguantado algo más si siguiera haciendo ejercicios de respiración como antes de otra soltadura de tubo. En aquella ocasión resistí unos impensables 50 minutos, al estar de medio lado y con algo de mocos.
Hasta aquel día imborrable, todas las mañanas hacía 'rehabilitación respiratoria', me desconectaban un tiempo, más o menos una hora, y aguantaba según la mucosidad de los pulmones, la tensión y cómo hubiera dormido, hasta que notaba que tenía que hacer un gran esfuerzo para seguir; entonces hacía una señal y volvían a conectarme.

Aquellos 50 minutos solo en una habitación en medio de aquella larga nave de ancianos demenciados, sabiendo que ninguna auxiliar tenía que venir hasta bastante después de que me hubiera asfixiado, me dejaron un recuerdo tan espantoso que reaccioné rechazando esos ejercicios: si volvía a ocurrir un accidente, estaba preparado y dispuesto; nada de volver a poder estar tanto tiempo en aquella horrible agonía, con aquel leve gesto automático como un espasmo del cuello a los hombros que los alzaba y con ello abría la caja torácica lo justo como para dejar entrar un soplo de aire a los pulmones; un soplo del todo insuficiente para vivir pero bien capaz de prolongar el sufrimiento y, sobre todo, de hacerme ir entrando lentamente en ese territorio fatal e irreversible del daño cerebral.

(50 minutos eternos y sin ninguna esperanza de que se oyera fuera el débil pitido de la alarma del respirador -y que aún de sonar claro por el pasillo, ningún oído lo iba a recoger- seguidos conscientemente, uno a uno, por la referencia que una música bien conocida iba dejando en su avance: con cada tema, ir sabiendo lo que queda. Un 'olvido' hace que la auxiliar deje sus tareas en otra planta y venga a un botiquín que, casualmente, está enfrente de mi habitación. Peor podía haber sido si siguiera conmigo un caso muy avanzado de esclerosis multiple, casi tan invalido como yo, y que a esa hora dormiría profundamente con la tv bien alta; sin entrar en otra probabilidad aún más lamentable).

Cada minuto de cerebro sin oxígeno mueren o se desconectan millones de neuronas, de modo que a mayor ejercitación y aguante, más posibilidades de que te encuentren con el corazón aún latiendo, pero descerebrado, o lo que es peor, medio descerebrado, medio tonto, capaz de sonreir a una caricia y recordar algún nombre, pero no de saber cómo anda tu cuenta corriente ni qué gastos tiene.
En ese estado no es probable que fuera capaz de discernir sobre temas éticos y los instintos de supervivencia ocuparan toda su voluntad: se agarrará a la vida como un animal, sin ningún criterio.

Me aterra esa perspectiva. El formulario de mi testamento vital no contempla bien tal posibilidad. Consultaré enseguida si es conveniente puntualizarlo ante notario y dejar claro que, en el caso de haber quedado inconsciente tras una desconexión, no quiero que se me vuelva a conectar; y que si se ha hecho por desconocimiento o inoportuna piedad, si no estoy en un estado mental de plena consciencia, se me vuelva a desconectar en cuanto aparezca la asistencia médica. Dejo en manos de los médicos la decisión de evitarme de algún modo sufrimientos innecesarios.