domingo, diciembre 04, 2005

Me escribe otro pentapléjico:

' Leo tu blog y cada vez me aburre más la reiterada identifiación de supervivencia en este estado como una cuestión de animalidad opuesta a la razón.

Después de esas etapas sicológias postraumáticas que describen no sin acierto estadístico los manuales, yo derivé hacia algo que parece inusual pero que recomiendo a cualquiera en nuestro estado en cuanto esté a su alcance: mi situación económica es privilegiada y puedo permitirme hacer cosas que muy pocos otros estarán en condiciones de realizar ahora.

Para mí, nuestro problema es este cuerpo medio muerto, causa principal de nuestros sufrimientos por encima de las supuestas carencias físicas: debemos prescindir de él y alcanzar a valorar en toda su medida las posibilidades del cerebro. Yo ya he empezado eliminando los brazos y las piernas hasta medio muslo; he simplificado con ello las tareas de mantenimiento, reducido riesgos y problemas circulatorios, traumáticos y térmicos, peso en los isquión al sentarme alejándo así el de las escaras, y necesidades nutritivas, principalmente, ganando algo más de tiempo y mejores condiciones para estar sentado. Pero no deja de ser muy poquita cosa en comparación de hasta dónde podemos llegar.

Confío en que en breve me tengan preparado un innovador sistema por el que pueda quitarme primero del aparato digestivo, más adelante el corazón, el aparato urinario y al fin los pulmones. En el primer caso alimentaríamos la sangre directamente y, aparte, podría comer y beber lo que quisiera sin ninguna otra preocupación, olvidándome de las múltiples complicaciones que todo ese complejo de vísceras suponen.
La sustución del corazón es ya la parte menos delicada del proceso; un sencillo motor basta para las necesidades de esa fase.

Oxigenando la sangre mecánicamente puedo dejar atrás estos obsoletísimos respiradores que usamos, y regular para cada momento del día y situación la cantidad precisa. Diré adiós a lo más penoso de nuestro estado, las mucosidades pulmonares que había que sacar cada dos por tres con dificultad y molestias, los ahogos, las desaturaciones, el constante riesgo de morir de muy mala manera por asfixia lenta, el tremendo engorro del tubo al traqueostoma, siempre haciendo daño y estorbando en las aproximaciones físicas, los procesos infecciosos que aun en la mejor evolución, serían los encargados al fin de acabar con nosotros en unos pocos años.
Además, estará también a punto un circuito voluntario de aire por el que podré hablar ininterrumpidamente tanto tiempo como desee.

Llegados a esto, un pequeño volumen de sangre -apenas tóxica ya antes de llegar al mecanismo de limpieza y movilización perfectamente autocontrolable según parámetros variables- alimentará a voluntad un mínimo de busto sensible y funcional, donde también irá alojado un exclusivo complejo de médula ósea y circuito linfático que la renovará cuando sea necesario. Tal vez por entonces tenga lista sangre mia clonada a discrección y pueda prescindir de ese complejo al menor síntoma de incomodidad o mal funcionamiento.

Con todo ello, seré al fin libre de este cuerpo que, peor que inutil, nos amarga la existencia y acabaría por matarnos. En mi cerebro tendré prótesis que controlarán cualquier aparato informatizado, incluidos, por supuesto los ordenadores. Mi dependencia directa de lo corporal, propio o ajeno, se reducirá a la que desee, libre también de las interferencias personalistas que de un modo u otro nos quitan un tiempo y una energía inestimables.

Sin todos esos , podré dedicar tanto tiempo como quiera a los placeres que realmente importan, el estudio, la investigación, el generoso intercambio de conocimientos, sin ningún objetivo al margen de la serena satisfacción de estos quehaceres, sin esperar nada, sin pedir nada, lejos de aquellos estímulos primitivos siempre incapaces de ser satisfechos por completo, apetitos insaciables que nos consumían la vida a cambio de ansiedades dañinas y frustraciones constantes, sin dejar que se desarrollaran nuestros aspectos más valiosos.

(No llegaré a conocer -no por mi salud, si no porque nuestro mundo se colapsará antes- la posibilidad de que cuando llegue cierto grado de declive neuronal que me impida una buena comprensión general, con lo que mi comunicación también se hará estúpida, de dejar el cerebro definitivamente libre de restos corporales y sumergido en un indefinido onirismo autoregulable, una perpetua recreación de las fantasias de nuestra intimidad).