domingo, noviembre 20, 2005

Realidad, dignidad.

Hablaba de rehabilitación y dignidad como si fueran metas concretas de desarrollo cuantificable y consensuadas por la sociedad, cuando en la realidad estos conceptos son subjetivos y se entienden de muy distinta manera tanto por cada uno en particular, como por grupos sociales y culturas; más aún, no solemos aplicar la misma vara a nuestro caso que a los demás e, incluso, nosotros mismos podemos cambiar de opinión según las circunstancias.

No se me va de la memoria un tetrapléjico adulto que cierta tv saca como ejemplo de voluntad de vivir, -lo que parece ser lo mejor valorado por sus espectadores y por ello lo más vendible- en la cama, frente a un gran televisor, diciendo que disfrutaba mucho de la vida mientras la madre, su única asistencia, se afanaba en pequeñas tareas de la habitación; preguntada ella, se quejaba con la boca pequeña del trabajo que daba -no había más que pensar un poco en cómo esa pequeña mujer casi anciana podía mover a su hijo grande y al comienzo de la obesidad- pero que no le abandonaría mientras estuviera viva. Viendo el tamaño de la habitación, también era fácil concluir que no salía de la cama; no es que no se viera silla ortopédica alguna, o que pareciera que la puerta era estrecha, es que simplemente no había sitio para que una grua maniobrara. El cuadro representado me sigue pareciendo detestable, pero que nadie me acuse de haber llegado a pensar que él o ambos estarían mejor muertos: su patetismo es inofensivo y a nadie hacen daño: están en su derecho.

Y puedo ponerme perfectamente en el lugar de aquél que llevaba 40 años en un trabajo jodido, lejos de su pequeña casa, con cuatro hijos y una mujer asfixiantes, al cual el único escape placentero que se le respetaba eran los partidos de futbol de la tele. Ahora, pentapléjico por accidente laboral del que ha cobrado una importante indemnización más pensión suficiente, no precisando respirador más que por la noche y sólo si está algo cogido de mocos, vive en una casa amplia, atendido hasta lo que él quiere, que no va más allá de estar pegado a los canales deportivos y en los descansos ver su pública favorita o escuchar música de su juventud; nada le interesan ni la política, ni menos aún cuestiones transcendentes. Se ganó sin duda algunos años de 'paz' y a nadie sacrifica.

Cuando esos casos se exhiben en los medios no para reivindicar más y mejor asistencia, sino, sobre todo, con intención de reforzar los valores del sí a la vida incondicional y son implícitamente excluyentes de alternativas contrarias como la eutanasia, derivan en pura manipulación. Propaganda conservadora contraria a las libertades individuales básicas, a la que conviene tener y mostrar personas dispuestas a aceptar con alegría cualquier desgracia, abiertos a la menor esperanza, la llamada 'gente positiva' que pueda servir como modelo a quejicas y exigentes.

Nunca se enseña toda la verdad, se escamotea al público lo que puede ser molesto, inconveniente o comprometedor, por sistema; y la mayoría de esa audiencia es lo que quiere, mensajes positivos que alimenten esperanzas, que nos hagan creer que es posible mejorar y que la vida es bella de cualquier manera: nada de problemas de conciencia, nada que les haga enfrentarse a la realidad y tomar decisiones que sin duda afectarían a ciertos intereses basados precisamente en la desgracia ajena. 'Vivan las caenas'.

Esa falta de ética alcanza por completo lo inaceptable si ocultan premeditadamente por motivos ideológicos, políticos o económicos, hechos miserables susceptibles de solución, como desatenciones graves, maltratos o discriminaciones; hay entonces engaño intencionado por intereses contrarios a la dignidad humana más básica. Hablamos de televisión basura.

Con semejante bagaje cultural es lógico que sus consumidores tengan pavor al tema de la muerte y lo rehuyan como si fuera lo peor.