sábado, noviembre 26, 2005

Transcurso y perspectivas.

Después de unos días sin ningún malestar destacable, sin hechos frustrantes ni contratiempos imprevistos, cogido un cierto ritmo de trabajo, un posible conato de infección me vuelve a meter el frio en el alma y aumenta las mucosidades, las contracturas y despierta toda la cohorte de pequeñas molestias que juntas crean un insidioso malestar insufrible.

No se debe ocultar que hay momentos agradables; es cierto, a veces ocurre llegar a estar por días sin ningún transtorno que altere el disfrute de satisfaciones sencillas como poder leer entero el periódico por internet; o simplemente dormir sin pastillas, angustias, ahogos ni sudores, y que después el proceso del levantado no arruine por completo la paz anterior o sobrevenga una bajada de tensión que no nos deje hacer nada en el resto del tiempo de estar sentados, y entonces tengamos hasta cuatro horas casi continuas de posibilidades para disfrutar de todo lo que inmóviles y lábiles se puede desde una silla motorizada.
Algunos poquitos incluso llegarán a conocer de vez en cuando placeres mayores, reservados por lo común a personas afortunadas.

Estas cosas crean adicción, así que cuando vuelven los habituales achaques se cae de inmediato en el abatimiento, en la desesperanza, en el deseo de acabar con esto cuanto antes.

Si subsistiéramos en un contínuo estado de soportable malestar, sin estímulos vivificantes pero tampoco con sevicias notables, es casi seguro que acabaríamos aceptando por puro instinto esa condición indigna que en plenitud de facultades no querríamos vivir, conformándonos con no llegar a tener dolores inaguantables.

La tragedia sobreviene cuando queriendo acabar de morir y no pudiéndolo hacer uno mismo sin cierta ayuda, unas leyes punitivas castigan duramente a quien lo haga. Muy pocas personas son capaces de contribuir directamente al bien morir de otra, sabiendo que van a adelantar incluso años el momento 'natural' fisiológico; y si además tienen que enfrentarse al riesgo de carcel e inhabilitaciones, las posibilidades de encontrar a alguien dispuesto a ahorrarnos inhumanidad, se reducen casi a ninguna.

Si esta situación se produce en condiciones de sufrimiento es una tortura bien cruel por parte de quienes tienen poder para evitarlo, tanto directamente, en el caso de los políticos gobernantes, como indirectamente cualquiera con derecho a voto que lo use contra el reconocimiento del derecho a la eutanasia.

domingo, noviembre 20, 2005

Realidad, dignidad.

Hablaba de rehabilitación y dignidad como si fueran metas concretas de desarrollo cuantificable y consensuadas por la sociedad, cuando en la realidad estos conceptos son subjetivos y se entienden de muy distinta manera tanto por cada uno en particular, como por grupos sociales y culturas; más aún, no solemos aplicar la misma vara a nuestro caso que a los demás e, incluso, nosotros mismos podemos cambiar de opinión según las circunstancias.

No se me va de la memoria un tetrapléjico adulto que cierta tv saca como ejemplo de voluntad de vivir, -lo que parece ser lo mejor valorado por sus espectadores y por ello lo más vendible- en la cama, frente a un gran televisor, diciendo que disfrutaba mucho de la vida mientras la madre, su única asistencia, se afanaba en pequeñas tareas de la habitación; preguntada ella, se quejaba con la boca pequeña del trabajo que daba -no había más que pensar un poco en cómo esa pequeña mujer casi anciana podía mover a su hijo grande y al comienzo de la obesidad- pero que no le abandonaría mientras estuviera viva. Viendo el tamaño de la habitación, también era fácil concluir que no salía de la cama; no es que no se viera silla ortopédica alguna, o que pareciera que la puerta era estrecha, es que simplemente no había sitio para que una grua maniobrara. El cuadro representado me sigue pareciendo detestable, pero que nadie me acuse de haber llegado a pensar que él o ambos estarían mejor muertos: su patetismo es inofensivo y a nadie hacen daño: están en su derecho.

Y puedo ponerme perfectamente en el lugar de aquél que llevaba 40 años en un trabajo jodido, lejos de su pequeña casa, con cuatro hijos y una mujer asfixiantes, al cual el único escape placentero que se le respetaba eran los partidos de futbol de la tele. Ahora, pentapléjico por accidente laboral del que ha cobrado una importante indemnización más pensión suficiente, no precisando respirador más que por la noche y sólo si está algo cogido de mocos, vive en una casa amplia, atendido hasta lo que él quiere, que no va más allá de estar pegado a los canales deportivos y en los descansos ver su pública favorita o escuchar música de su juventud; nada le interesan ni la política, ni menos aún cuestiones transcendentes. Se ganó sin duda algunos años de 'paz' y a nadie sacrifica.

Cuando esos casos se exhiben en los medios no para reivindicar más y mejor asistencia, sino, sobre todo, con intención de reforzar los valores del sí a la vida incondicional y son implícitamente excluyentes de alternativas contrarias como la eutanasia, derivan en pura manipulación. Propaganda conservadora contraria a las libertades individuales básicas, a la que conviene tener y mostrar personas dispuestas a aceptar con alegría cualquier desgracia, abiertos a la menor esperanza, la llamada 'gente positiva' que pueda servir como modelo a quejicas y exigentes.

Nunca se enseña toda la verdad, se escamotea al público lo que puede ser molesto, inconveniente o comprometedor, por sistema; y la mayoría de esa audiencia es lo que quiere, mensajes positivos que alimenten esperanzas, que nos hagan creer que es posible mejorar y que la vida es bella de cualquier manera: nada de problemas de conciencia, nada que les haga enfrentarse a la realidad y tomar decisiones que sin duda afectarían a ciertos intereses basados precisamente en la desgracia ajena. 'Vivan las caenas'.

Esa falta de ética alcanza por completo lo inaceptable si ocultan premeditadamente por motivos ideológicos, políticos o económicos, hechos miserables susceptibles de solución, como desatenciones graves, maltratos o discriminaciones; hay entonces engaño intencionado por intereses contrarios a la dignidad humana más básica. Hablamos de televisión basura.

Con semejante bagaje cultural es lógico que sus consumidores tengan pavor al tema de la muerte y lo rehuyan como si fuera lo peor.

miércoles, noviembre 09, 2005

Incoherencias de nuestra sociedad.

Conozco bien el tema. La mayoría de los médicos tienden a mantener la vida a toda costa. Son raras excepciones quienes adelantan un poco una muerte penosa o a todas luces inevitable. Casos de ancianitos eliminados por motivos extramédicos son irrelevantes -salvo para los terroristas religiosos- y ajenos a la sanidad pública.
En los servicios de urgencias se recurre a todo hasta el último momento. Otro asunto es la eficacia y el acierto en el diagnóstico; respecto a lesiones cerebrales y medulares, los medios y conocimientos actuales si se usan como se debe, apenas dejan margen al error en el pronóstico, teniendo en cuenta que se ha generalizado, por conveniencia profesional, ponerse siempre en lo peor.

Y así se revierten procesos y accidentes letales hasta hace poco, pero se nos devuelve a la vida con absolutas dependencias físicas, químicas y mecánicas, a una sociedaz incapaz de atender a esas necesidades. Y en ciertos y previsibles casos, cuando impedimos a la muerte tomar del todo lo que le corresponde, rescatamos para la vida tan solo unas funciones elementales y de modo artificial, impropias de una persona íntegra e incluso de cualquier ser realmente vivo. (Qué impropio el término 'vegetar' para quien subsiste a base de sondas, aparatos mecánicos y permanentemente inconsciente. Vegeta más bien el teleadicto comilón que no quiere replantearse para nada qué clase de vida lleva.)

Si se busca darnos un mínimo de dignidad a quienes mantenemos alguna facultad mental en un cuerpo inválido por completo, hay que pensar en cuidar las necesidades tanto del cuerpo como de la cabeza; si es imprescindible la rehabilitación física para evitar deformaciones y úlceras, el cerebro también necesita higiene y ejercicio para no perderse en la incapacidad y la demencia e incluso recuperar en gran medida la información, la comunicación, el conocimiento y la actividad. Hoy todo esto es posible teniendo dinero y orientación; los ordenadores y otras tecnologías han demostrado ser instrumentos imprescindibles y eficaces para la reintegración, pero es preciso que sean los adecuados y estén debidamente atendidos.

Son una minoría casi anecdótica las pensiones que cubren por completo los gastos de personas con dependencia severa las 24 horas del día; eso supone un turno de mañana, otro de tarde, dos de noche, fines de semana, fiestas y vacaciones. El resto tiene que ingeniárselas, normalmente a costa del sacrificio de otra persona, y en unas condiciones penosas en que la calidad de vida se reduce a la televisión; o claudicar en alguna residencia geriátrica incapaz, en el mejor de los casos, de atender debidamente nuestras necesidades, y en el peor, dejarnos directamente en cuidados mínimos, condenados a demostrar lo que puede llegar a resistir el cuerpo aún con infecciones, escaras y sin ninguna atención mental, demenciado.
En definitiva, dejar a quienes hemos resucitado a costa de una gran invalidez o a los degenerativos que entran en esa fase, abandonados a su suerte, cuando además les negamos el derecho terminar de morir a voluntad donde, cuando y como se desea o se hubiese deseado, es de una hipocresía y crueldad intolerabres

viernes, noviembre 04, 2005

Limitaciones y realidad exterior.

Las circunstancias me han obligado,-sí, obligado, porque no podía hacer otra cosa sin hacerme más daño y a mi entorno- a lidiar con la burocracia y otras relaciones trabajosas con los demás. Con dinero y algunas facultades eran cuestiones facilmente solventables y en pocos días; en mi caso han supuesto un mes de tensiones, contratiempos, retrasos, enormes y a veces fallidos esfuerzos comunicativos, y la definitiva constatación de los límites. Ah, esa dolorosa comprobación de lo poquísimo que se da ya de si, viendo, por ejemplo, cómo tu pequeña ración de vida digna, activa frente al ordenador desde el que te puedes comunicar, organizar, elaborar escritura, pensamiento, obras, se te va en un par de trámites elementales. Y ay de ti si no estás en las mejores condiciones de salud posibles, porque a poco de mareo, cansancio o ahogo que haya te harán imposible cualquier gestión delicada.
Sin dinero tienes que depender de favores. Traes a la memoria a quienes necesitas y son bien pocos con los puedes contar, la mayoría sencillamente pasa por completo o evita empezar a comprometerse, y no falta quien. por una pequeña atención. te hace sentir un pesado engorro molesto; vuelves a comprobar que, en general, la gente que sí es capaz de ayudarte con eficacia y sin ninguna clase de contrapartida indeseada, está agobiada de trabajo o compromisos, sin tiempo ni para ella, y, cuando llegan a ti, sabes que es a costa de un importante esfuerzo que deja el sabor amargo de múltiples impotencias. Desagrada también, por el contrario, saber de la otra impotencia, la de esas raras excelentes personas dispuestas a hacer algo pero no saben qué ni cómo, ni se atreven a ir lejos; resulta que las buenas intenciones, incluso el franco amor, no dejan de ser insuficientes en muchos casos prácticos y casi siempre un estorbo para lo fundamental.

Y si se consigue el objetivo que se te ha impuesto, como si fuera otra vuelta en la rueda de la Fortuna, apenas subido a lo alto con esfuerzo y malestares, ves -como ya imaginabas- que sólo te espera enfrentarte a nuevas metas inaccesibles, sobre las imposibilidades de siempre, que serían fuentes de frustraciones si sobradamente no supieras ya que no hay que esperar nada, que tan solo queda la tarea más importante delicada y dificil a la que te dedicas con paciencia, y mientras llega, alivia los peores momentos.