viernes, octubre 07, 2005

Razón y sentimientos.

No cabe perder el tiempo en demostrar cómo los sentimientos - toda la biología - están en función de preservar el desarrollo de la especie o más exactamente del grupo social de pertenencia; y que las sensaciones de atracción rechazo vienen a ser la guia de nuestra conducta para adaptarnos mejor al entorno, seleccionar una descendencia supuestamente más apta, etc; y así, cuando no hay atracción hacia lo que se supone nos debe atraer y falla entonces su papel respecto al conjunto se habla de transtorno y de este modo se acaba llegando a decir que está enfermo o deprimido 'quién es incapaz de sentir lo agradable como agradable'.

De modo que para que esto de la vida funcione a la evolución no se la ha ocurrido otra cosa que desarrollar los mecanismos de atracción repulsión en forma de incentivos estimulantes repelentes químicos que nos hacen sentir placer o dolor: si el placer es lo atractivo y equivalente a vida, el dolor se asociará a la muerte. Es facil montar una cultura sobre esa base elemental que busque el hedonismo más cómodo y rechace sin contemplaciones el sufrimiento: la cultura del confort. Nada reprochable mientras no sea a cuenta del sufrimiento ajeno. ¿Pero qué ocurre cuando el placer se nos escapa, cuando estimulados para un goce se torna inalcanzable dejándonos en ese estado lamentable que llamamos frustración? ¿si la desgracia nos hace ver que en la realidad cotidiana pesan más los malos momentos que los buenos, las renuncias que los logros, la arbitrariedad dañina que el orden armónico y que la muerte ronda omnipresente incluso donde y cuando menos se la espera?.

Los psiquiatras conocen bien qué mecanismos entran en funcionamiento para arreglar el desorden, cómo en ausencia de satisfacciones reales se han inventado los sueños, la esperanza y las ilusiones, para que sigamos adelante pase lo que pase. Y estando programados para desearlo todo, la frustración está garantizada aunque la especie 'prospere' no importa hacia donde ni a qué precio.

Sin embargo ocurre que quien se encontrara libre por el supuesto 'trastorno' que sea, de estos mecanismos bioquímicos que nos hacen sentir agrados y atracción hacia la vida, le quedaría la mera razón para juzgar su existencia, y solo entonces ésta puede con toda objetividad dar su veredicto sobre el valor de la vida.
Se objetará que eso significaría una ausencia de sentimientos propia de los psicópatas, lo que revela el insuficiente conocimiento que tenemos del por qué de las diferentes conductas y cómo al ciego positivismo solo le interesa descalificar aquellas contrarias al 'espíritu positivo' propio paradójicamente de un desarrollo autodestructivo. (La mente de un paranóico no es la de un asesino en serie ni mucho menos la de un suicida circunstancial). Pero no es la ausencia de sentimientos lo característico de ese privilegiado estado de la razón, si no su cambio de orientación en una dirección bien diferente.

Interesa fijarnos en que los sentimientos y el deseo erótico, al igual que la razón estaban en un primer momento en función de los intereses del desarrollo de la especie, y cómo de modo semejante a la razón pueden llegar a desvincularse de ese fin evolutivo y paradójicamente acabar enfrentándose a él. Así, tendríamos unos sentimientos contrarios a seguir perpetuando la irracionalidad de los instintos, y al propio deseo opuesto a la reproducción, llegando incluso a tomarse a sí mismo como fin hasta extremos autodestructivos conscientes.

No es taréa facil ni exenta de peligros adecuar los sentimientos a la razón, impensable de un día para otro salvo desesperaciones puntuales de efímera lucidez que no vienen al caso; pero es imprescindible para afrontar decisiones de la in-transcendencia de morir por uno mismo serenamente.