miércoles, septiembre 07, 2005

No quiero olvidar. No me conformo.

No quiero olvidar lo que he sido para saber lo que soy ahora y para prever en lo posible qué será de mí.
No quiero olvidar lo que he sido para no engañarme con lo que soy ahora y para evitar llegar a ser lo que nunca deseé.
No me quiero amputar el pasado y perder mi persona para refugiarme en un presente conformista capaz de aceptar, por mero instinto de supervivencia, cualquier servidumbre.


Quiero recordar de qué me veo privado tras el accidente, qué sigo deseando y qué era lo que consideraba tan fundamental en la vida que sin ello no tenia objeto.
Evoco sucesos cargados de placer y sentido, los proyectos que daban la perspectiva de un futuro con algún valor, sin olvidar el contrapunto de las miserias.

Llevaría muy mal tener que renunciar a viajar a esos cuantos lugares pendientes que nadie conoce, a los que parecen ofrecer algo nuevo importante o no poder volver a los que siempre te ofrecen algo por redescubrir


Y llevaría rematadamente mal no poder volver a subir aquellas crestas solitarias, sentarme con los pies colgando al vacio sobre algún girón de nube y contemplar valles y montañas hasta donde se pierda la vista sin la menor señal humana .
Ni penetrar en las entrañas de la tierra donde es posible encontrar el no-yo detrás del yo más profundo, en su completa soledad, oscuridad y silencio .

Es pues bien ingrato verme privado, sin remedio ni sucedaneos, de los exclusivos estados mentales que crean esas situaciones, propios de lo más específico humano por lo propicios que son a colocarnos en modos de comprensión de la realidad penetrantes y lúcidos e imposibles en la vida cotidiana, .

Llevaría ahora en el filo de lo insoportable la ausencia de brazos y manos, extrema crueldad para quien han sido inmensa fuente de placer y realizaciones, para quien en sus expectativas de futuro seguían teniendo un papel fundamental. Más allá de lo sensorial, eran la conexión del cerebro con el exterior. La memoria se ve perjudicada y la escritura ya no puede reflejar el pensamiento con fluidez y suficiencia.


Peor aún, es tremendamente dañino comprobar que el cuerpo es un despojo incapaz para el placer pero sí para el dolor. Es extremadamente doloroso que mis manos no me transmitan la materia de esa carne que acaricia con firmeza y no poder volver a sentir en mi pene lleno de sangre ardiente el húmedo tacto de unos labios deseosos; haber perdido la capacidad para el intercambio corporal por el que dos personas entran en intensa comunión erótica y no poder volver a disolverme en aquellas explosiones de goce, y recibirlas. (Qué poderosa huella química la del orgasmo)





No me resigno a vivir así, si encima no tengo fuerzas para enfrascarme en una intensa lectura y tengo que sufrir la impotencia de buscar infructuosamente en internet ese texto que necesito para contrastarlo con otro, lo mismo que tal poesía, tal pasaje, tal dato. Día tras día, sabiendo que no hay alternativa, que no podré volver a estudiar nada a fondo, ni escribir consecuentemente otra cosa que no sean apuntes sobre este estado.

Y desde luego, incapacitado para la debida confrontación con el arte y la música. Para nada me satisface el cine, ni aunque sea bueno, ni los deportes, los toros, los debates en la tele, las visitas hueras, ni cualquier otra forma de distracción, evasión o banal diversión con que se suele engañar a la soledad.

Y al fin, incapaz de obrar, reducida la vida creativa, la propiamente humana a limitadísimos trabajos en el ordenador y a la denuncia de este disparate cruel, prefiero morir dignamente.

Todo ello me alimentaba y producía la energía necesaria para poder luego dar y hacer. Ahora solo puedo recibir, y no habiendo querido aislarme pasivo en una burbuja a expensas de otros, la vida cotidiana se encarga de recordarme constantemente y a menudo con crueldad mis limitaciones, y recibo las de quienes me rodean, las de la gente en general, las especialmente enervantes de la burocracia, de la administración, las de la realidad de nuestro mundo. Y todo eso lejos de darme energía, me desgasta dolorosamente como el trabajo insidioso de una lija, acabando por dejarme sin fuerzas ni ganas de seguir por más tiempo así.

Rechazo medicarme con ansiolíticos y antidepresivos, malos sucedaneos de una supuesta normalidad. Innecesarios cuando se conoce la causa de los conflictos y se actua consecuentemente.

Y más que nada rechazaria que mi vida tuviera que depender del sacrificio de otra vida.

Que haga cada cual con su vida/muerte lo que quiera menos entrometerla a la fuerza en la de los demás contra su voluntad.

Y errará mucho quien señale en todo esto un comportamiento morboso o regodeo en la desgracia. Justamente eso es lo que trato de evitar.

2 Comments:

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7:17 p. m.  
Blogger Lolo Gramos said...

La racionalización puede ser traicionera. Cuando uno está deprimido, o desesperado, sin querer recurre a las ideas que justifican su estado. Es mejor probar los antidepresivos y tomar la decisión después. Lo digo por experiencia. Por lo demás estoy de acuerdo contigo. Un saludo.

10:02 a. m.  

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