miércoles, septiembre 28, 2005

Miedo a la muerte

El enfrentarse de pleno a la propia muerte desde una posición no de desesperación aguda, ni del sentimiento de absoluto fracaso personal, ni de final doloroso inevitable inminente, si no sencillamente porque la razón, nos dice que es absurdo y nocivo seguir, producirá un horror sordo que he llamado antes miedo por convencionalismo.
La voluntad irracional de vivir a toda costa, juega su última y más poderosa carta llevándonos a mirar la muerte como a ella la interesa, haciéndonos sentir como al borde de un abismo negro abominable con una sensación de intensísimo horror indeterminado que provoca un profundo rechazo, un oscuro, difuso y casi invencible rechazo.
Viene a ser como un pavor inconcreto pero absoluto que parece imposible vencer, la angustia más honda ante una especie de vacio infinito. La muerte se presenta como algo impreciso, sordo, negro; no puede ser de otra manera, de lo contrario podríamos actuar contra algo concreto, discernible, analizable y por tanto superable.
La memoria de lo que hemos sido, resulta ahora imprescindible para reconocer la degradación de nuestro presente y el bien previsible miserable futuro; nos dará la fuerza imprescindible para contrarestar los instintos de vida que nos llevarían a acabar soportando lo que en estado de lucidez rechazaríamos.
Aun así sería tarea imposible mientras quede en algún repliegue de la conciencia un mínimo atisbo de esperanza o deseo. Ante el pavor, volvemos enajenados la mirada en busca de la más mínima excusa o asidero que nos autojustifique el continuar la in-existencia.
Pero cuando el fin es inminente e irreversible, la esperanza o es ignorancia o es ilusión tramposa de los mecanismos de supervivencia que deberíamos rechazar. En la medida que cedamos al miedo a la muerte se crecerá hasta dominar nuestra voluntad racional.

miércoles, septiembre 21, 2005

Si olvidamos ...

No quiero olvidar para no dejarme caer en las trampas de la resignación sin principios.
Si olvidamos podremos engañarnos y acabar por aceptar lo inaceptable. Es bien conocido que una gran capacidad de adaptación es la principal característica de nuestra forma de evolucionar. ¿cómo podemos conocernos, saber en qué estado nos encontramos, si ignoramos nuestro pasado?
Decía Simone Weil "el alma no está hecha para habitar una cosa; cuando se la obliga a hacerlo no hay ya nada en ella que no sufra violencia"

Pero el alma suele ser acomodaticia, plegándose con tal de vivir incluso a grandes dosis de ignominia. Es el alma libre e íntegra la que no tolera verse en un cuerpo definitivamente impotente.

Cuidado con los autoengaños, cuidado con dejar que los instintos de supervivencia nos hagan tolerable la indignidad y aceptemos degradarnos hasta una existencia primaria animal incapaz de reconocerse como tal. Perdida la lucidez, aferrados a la vida a cualquier precio, nos degradamos a unos niveles impropios de un ser humano libre y responsable. Porque lo estoy viviendo puedo decir que en estas condiciones solo es miedo a la muerte lo que nos ata a la vida; un absurdo miedo irracional que deberíamos ser capaces de superar, arropado cobarde tras excusas insuficientes, impropias de una persona íntegra; un miedo que debería repugnarnos por su incompatibilidad con la razón y la evidencia de un mero subsistir miserable.
Cuando sucumbo al miedo a la muerte, se diluye Lucas S. y queda el hombre elemental acojonado, una pobre bestia implorante. Se pierde la entidad y queda la bioquímica en estado de emergencia con las alarmas disparadas pidiendo auxilio.
Me invocan la esperanza. Cuando el fin es inminente e irreversible, la esperanza o es ignorancia o es ilusión tramposa de los mecanismos de supervivencia que deberíamos rechazar.

El miedo, tan humano, tan irreprochable éticamente, tan protector, tan mezquino con tanta frecuencia, tan violento y dañino con los demás tantas veces, tan masivamente. Vaya, con qué mecanismos funciona el rey de lo creado.
Qué miedo cerebral me da ir cayendo en el miedo de las vísceras, de los sentimientos cobardes. Qué vergüenza ante mí mismo.

miércoles, septiembre 07, 2005

No quiero olvidar. No me conformo.

No quiero olvidar lo que he sido para saber lo que soy ahora y para prever en lo posible qué será de mí.
No quiero olvidar lo que he sido para no engañarme con lo que soy ahora y para evitar llegar a ser lo que nunca deseé.
No me quiero amputar el pasado y perder mi persona para refugiarme en un presente conformista capaz de aceptar, por mero instinto de supervivencia, cualquier servidumbre.


Quiero recordar de qué me veo privado tras el accidente, qué sigo deseando y qué era lo que consideraba tan fundamental en la vida que sin ello no tenia objeto.
Evoco sucesos cargados de placer y sentido, los proyectos que daban la perspectiva de un futuro con algún valor, sin olvidar el contrapunto de las miserias.

Llevaría muy mal tener que renunciar a viajar a esos cuantos lugares pendientes que nadie conoce, a los que parecen ofrecer algo nuevo importante o no poder volver a los que siempre te ofrecen algo por redescubrir


Y llevaría rematadamente mal no poder volver a subir aquellas crestas solitarias, sentarme con los pies colgando al vacio sobre algún girón de nube y contemplar valles y montañas hasta donde se pierda la vista sin la menor señal humana .
Ni penetrar en las entrañas de la tierra donde es posible encontrar el no-yo detrás del yo más profundo, en su completa soledad, oscuridad y silencio .

Es pues bien ingrato verme privado, sin remedio ni sucedaneos, de los exclusivos estados mentales que crean esas situaciones, propios de lo más específico humano por lo propicios que son a colocarnos en modos de comprensión de la realidad penetrantes y lúcidos e imposibles en la vida cotidiana, .

Llevaría ahora en el filo de lo insoportable la ausencia de brazos y manos, extrema crueldad para quien han sido inmensa fuente de placer y realizaciones, para quien en sus expectativas de futuro seguían teniendo un papel fundamental. Más allá de lo sensorial, eran la conexión del cerebro con el exterior. La memoria se ve perjudicada y la escritura ya no puede reflejar el pensamiento con fluidez y suficiencia.


Peor aún, es tremendamente dañino comprobar que el cuerpo es un despojo incapaz para el placer pero sí para el dolor. Es extremadamente doloroso que mis manos no me transmitan la materia de esa carne que acaricia con firmeza y no poder volver a sentir en mi pene lleno de sangre ardiente el húmedo tacto de unos labios deseosos; haber perdido la capacidad para el intercambio corporal por el que dos personas entran en intensa comunión erótica y no poder volver a disolverme en aquellas explosiones de goce, y recibirlas. (Qué poderosa huella química la del orgasmo)





No me resigno a vivir así, si encima no tengo fuerzas para enfrascarme en una intensa lectura y tengo que sufrir la impotencia de buscar infructuosamente en internet ese texto que necesito para contrastarlo con otro, lo mismo que tal poesía, tal pasaje, tal dato. Día tras día, sabiendo que no hay alternativa, que no podré volver a estudiar nada a fondo, ni escribir consecuentemente otra cosa que no sean apuntes sobre este estado.

Y desde luego, incapacitado para la debida confrontación con el arte y la música. Para nada me satisface el cine, ni aunque sea bueno, ni los deportes, los toros, los debates en la tele, las visitas hueras, ni cualquier otra forma de distracción, evasión o banal diversión con que se suele engañar a la soledad.

Y al fin, incapaz de obrar, reducida la vida creativa, la propiamente humana a limitadísimos trabajos en el ordenador y a la denuncia de este disparate cruel, prefiero morir dignamente.

Todo ello me alimentaba y producía la energía necesaria para poder luego dar y hacer. Ahora solo puedo recibir, y no habiendo querido aislarme pasivo en una burbuja a expensas de otros, la vida cotidiana se encarga de recordarme constantemente y a menudo con crueldad mis limitaciones, y recibo las de quienes me rodean, las de la gente en general, las especialmente enervantes de la burocracia, de la administración, las de la realidad de nuestro mundo. Y todo eso lejos de darme energía, me desgasta dolorosamente como el trabajo insidioso de una lija, acabando por dejarme sin fuerzas ni ganas de seguir por más tiempo así.

Rechazo medicarme con ansiolíticos y antidepresivos, malos sucedaneos de una supuesta normalidad. Innecesarios cuando se conoce la causa de los conflictos y se actua consecuentemente.

Y más que nada rechazaria que mi vida tuviera que depender del sacrificio de otra vida.

Que haga cada cual con su vida/muerte lo que quiera menos entrometerla a la fuerza en la de los demás contra su voluntad.

Y errará mucho quien señale en todo esto un comportamiento morboso o regodeo en la desgracia. Justamente eso es lo que trato de evitar.

domingo, septiembre 04, 2005

Suicidio, dependencia y humor negro.

Si despierto de madrugada después de haber dormido bien, la cabeza suele empezar a parir ocurrencias caóticamente. Tras los ajetreos del largo proceso de actuaciones hasta estar preparado para ir a la silla y el propio trance de sentarme, cuando llego al ordenador no recuerdo casi ninguna de aquellas tempranas iluminaciones; de las que puedo rescatar del olvido, la mayoría al sacarlas fuera pierden fuerza y se quedan en poca cosa, no la suficiente como para transcribirlas ni mucho menos trabajar sobre ellas. De vez en cuando sin embargo, alguna sí que acaba por aquí:

Hace poco, debía de haber estado repensando mientras dormía,-tareas que discurren en algún camarote escondido de esos que reserva el cerebro para asuntos importantes en estudio, y que no se abren hasta que dan con alguna conclusión-, sobre lo que supone este grado de dependencia en la práctica, hasta qué punto condiciona la vida cotidiana y alrededores. Al despertar en vez de lamentarme sobre ello me encontré con lo siguiente escapando del subconsciente.

Eran como escenas detalladas sobre la historia, que no deja de tener fundamentos en la propia realidad, de un pentapléjico que quiere suicidarse y su entorno, muy atento, se lo dificulta o impide sin darse ni cuenta, hasta extremos que le derrotan; después de tres intentos frustrados -el último le a lleva la UVI donde le encuentran en tan buen estado que contra su deseo se niegan a desconectarlo, 'pero hombre, si estás mejor que muchos de nosotros'- se resigna y quiere creer por los cuidados, apoyo y cariños de quienes le rodean que merece la pena seguir viviendo. Una tarde decide hacer una fiesta privada con los más inmediatos; todo transcurre cálido y sin contratiempos. En un momento dado alguien, fumador, se lleva a todos al cuartito del recibidor; no hay problema por dejarlo un momento solo, es habitual e imprescindible en muchos casos y para eso está el "baby sister" que transmitiría cualquier llamada o timbre de alarma. Pero el clima es muy animado y no se oye el pitido de que se ha soltado el tubo del respirador a consecuencia de una fuerte tos que ha provocado un moco imprevisto. Cuando quieren darse cuenta no hay forma de que vuelva en sí.

Todo esto lo veo en clave azconiana más que en el actual modo de entender el humor negro tan afectado por el tener que destacar del exceso general de películas, con el ojo puesto sobre todo en la taquilla, teniendo que cargar las tintas más de lo necesario.
Pero dudo mucho que alguien ajeno a este estado tenga las ocurrencias oportunas, y yo, ja ja ja, conceptual a la fuerza e incapaz de dar más de mi, me conformo con este apunte; y que el lector interesado e imaginativo que haya atendido bien las características del pentapléjico se haga sus cábalas o se busque uno.
Dos pistas
-me cuidan por turnos cuatro personas
-tomo elevadas dosis de un relajante muscular que mantiene con un aspecto jovial.

* * *

viernes, septiembre 02, 2005

Dificultades específicas de un pentapléjico: El tubo del respirador.

Del respirador a la cánula de la traqueotomia, ya dije que va un tubo flexible de algo más de un metro. La conexión del tubo con la cánula es asunto muy delicado.
El orificio abierto hasta la traquea lo es en un tejido muy vascularizado y sensible de modo que el más mínimo tirón o posición forzada hace daño y puede causar heridas. Si la conexión fuera fija podría haber accidentes horribles de modo que está diseñada de dos piezas que giran con facilidad sobre sí mismas y se sueltan de la cánula en cuanto se tensa el tubo.

Es inevitable entonces que se afloje hasta soltarse, al cabo de varios movimientos o toses; esa es la razón por lo que se hace conveniente que alguien esté siempre cerca. Sin embargo, no puede haber una persona constantemente a mi lado y las necesidades la vida cotidiana hacen que con frecuencia y por breves periodos de tiempo tenga que quedarme solo, lo que con las debidas precauciones no representa ningún problema.

Con ese tubo siempre ahí pegado al lado del cuello y la susodicha conexión sobresaliendo 6cm., las aproximaciones físicas a la zona precisan mucha atención y complican la posibilidad del difrute del sexo oral, último gran placer que aun queda por disfrutar a quien por suerte o por desgracia tenga esa posibilidad.

El salir a dar un plácido paseo está restrigido a los días y momentos que la temperatura exterior se mantiene entre los 20º-25º Quien desarrolle un sistema -y no parece dificil- que proteja el tubo y haga que el aire entre siempre a una misma temperatura apta para los pulmones, conseguirá que los dependientes de un respirador podamos salir a la calle como cualquiera. Una pequeña mejora impagable.